10 días en Beijing. Parte 1.

Cinco meses separados y por fin nos reencontramos en Beijing.

Para ir al aeropuerto cogí un shuttle bus que, por 24 yuanes, te deja en Salidas de la T3 del aeropuerto Beijing, para ir a Llegadas solo hay que bajar una planta. El autobús es más sencillo que el metro, para el que hay que cambiar varias veces según dónde vivas en Beijing, y por supuesto más barato que el taxi y tarda prácticamente lo mismo.

El primer día fuimos a cenar a un yunnanés fancy que nos encontramos por casualidad paseando, la cena nos costó 140 yuanes, que no está mal comparado con otras cenas que nos pegamos más adelante. Después, fuimos a Camera Stylo, uno de mis sitios preferidos de Beijing, está en Dongsishitiao. Si te gusta el cine y los bares tienes que ir, todos los días ponen películas en una pequeña sala de cine que tienen en la segunda planta. La entrada es gratis, tan solo agradecen que si te quedas a ver la película te pidas una bebida. Tienen un té calentito con whisky que no está nada mal. Había un ciclo de Won Kar-Wai y vimos In the mood for love, preciosa, pero, después de haberla visto varias veces, desesperante, ¡exijo remake con final feliz!


El segundo día nos pusimos en marcha, nada de quedarse en casa por el jet-lag, nos fuimos directos al plato fuerte de Beijing, sí señor, la Ciudad Prohibida. La verdad es que en realidad llegamos bastante tarde y aunque tuvimos suerte de conseguir entradas (en verano si vas sobre las tres de la tarde despídete de conseguirlas) a las cinco nos cerraban así que dimos un paseo rápido. Las guías dicen que puedes dedicarle hasta un día entero a la Ciudad Prohibida y no exageran, pero creo que es mejor hacer una visita corta y quedarse con buen sabor de boca y quizás volver más veces si se tiene la oportunidad que cansarse mucho queriendo verlo todo, hay que aceptarlo; es imposible. El día estaba blanco, del mismo color que los mármoles y las barandillas del palacio, un frío que pela y poca gente visitando, fue mágico. Salimos corriendo, sin embargo, porque estábamos congelados, cogimos un didi (taxis que se piden por WeChat y que pueden ser compartidos) y nos fuimos a la calle Gulou, al Alba Café, otro clásico entre extranjeros porque tiene comida extranjera, valga la redundancia, bastante asequible y rica. Tras entrar en calor con un café habíamos quedado para cenar hotpot en Haidilao, una cadena de restaurantes de esta especialidad culinaria donde la comida está riquísima y el servicio excepcional. Por supuesto, no es para todos los días, pero si vas con muchos amigos puedes salir con la barriga llenísima de comida de calidad por 60 yuanes. En nuestro caso éramos cuatro y con mucha sed de cerveza así que nos salió un poco más caro, pero bueno, estábamos de vacaciones y no íbamos mirando la cartera. Después, Jordi nos llevó a un Vplus en Sanlitun, zona comercial y de marcha de Beijing, en el que nos pusieron una pulserita y nos dieron de beber gratis. Supuestamente hay que estar en lista, pero si hablas con la chica de la entrada un rato te deja entrar y te pone pulsera. Eso sí, a la hora que se acaba la barra libre gratis te saldrá tanto el cubata como la cerveza a 70 yuanes, ¡ni precio de Madrid! A esta hora se vacía bastante y es hora de hacer retirada a otro lugar con menos clase y con más gente, MIX fue el sitio perfecto. Es una discoteca dentro de otra discoteca, es extraño porque tiene dos salas y si la de arriba parece grande la de abajo lo es aún más. Dato gracioso: tuve que dejar en consigna un pan que llevaba en el bolso que había comprado antes en Nan Shan (otro de mis lugares predilectos de Beijing, un supermercado de productos de importación en el que venden cerveza, vino y, lo más importante, quesos y embutidos al peso y dónde puedes abrirte el vinito y ponerte unas tapas de quesito y sentarte en las mesas que tienen dentro a comértelo). ¿No está mal para un primer día en BJ no? Pues el colofón fue un desayuno chino de baozis y youtiaos (churros) a las seis de la mañana en un lugar humeante de vapor y ollas antes de caer rendidos en los brazos de Morfeo.




Al día siguiente como podréis adivinar no hicimos mucho. Nos levantamos tarde, nos dimos un paseo por mi universidad, Beijing Normal University, cenamos por la zona y nos volvimos a la casa a ver una peli y manta.

El cuarto día estuvo genial. Por la mañana fuimos al Templo del Lama o Yonghegong. Se llega en la línea dos del metro, la parada está literalmente debajo del templo. El humo del incienso de los devotos te acompaña durante la visita en la que pasas por varios pabellones cada cual más bonito que el anterior, hasta que llegas al penúltimo donde hay escondido un buda de dos o tres pisos de alto. En la guía decían que cada uno de sus dedos de los pies son tan grandes como una almohada. A las dos y media teníamos concertada una clase de cocina. Es la segunda que vez que voy a este sitio a aprender cocina china y ya he perdido la cuenta de cuántas veces he ido a comer. Es un sitio maravilloso. Escondido dentro del entramado de viviendas de Fangjia Hutong está la casa de esta señora, un lugar bañado por una luz cálida y música de ópera de Pekín de fondo donde da de comer a los que la conocen por Wechat. La cocinera es una amante de las artes clásicas chinas, entre ellas la caligrafía, que practica a menudo entre comensal y comensal. Por ello, la clase no podía comenzar de otra manera sino escribiendo el menú del día con pincel y tinta. Era la primera vez que Raúl se enfrentaba a la escritura china y, sin embargo, el resultado fue bastante digno. Después, nos enseñó los ingredientes que íbamos a usar (azúcar en bloques y blanca, sal, anís estrellado, dos tipos de soja, ajetes, agua, aceite, vino, tofu, huevo, tomate, carne de cerdo magra y con grasa) y se puso manos a la obra, nos iba explicando paso a paso y cuando terminaba de hacer algo nos lo comíamos. Lo que sí hicimos, aparte de comer, fue liar nuestros propios huntunes, que posteriormente también ingerimos gustosamente. La clase nos costó 150 por persona, después de comer nos quedamos allí charlando un buen rato. Advertencia: las horas se paran cuando entras en este recodo de paz y tranquilidad, no vayas con prisa. Seguimos el paseo hutonero hasta que se nos hizo de noche y acabamos en uno de los lagos que cruzan el centro de BJ y que ahora están congelados. En esta época son pura diversión tanto si sabes patinar como si no. Para los más torpecillos hay infinidad de bicicletas y distintas sillas que puedes utilizar para deslizarte por el hielo, hacer carreras, jugar a los indios, a Titanic subido en la bici de otro… en fin, lo que hicimos durante un buen rato nosotros en el lago. Después de eso ya teníamos hambre otra vez y fuimos a Nanlouguxiang a tomarnos un “durum” de pato laqueado que habíamos visto antes y que estaba bastante rico por unos 30 yuanes cada rollo y 10 una cerveza.


Papeleras de un templo moderno: incienso y café.







China es comida. <3

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