Taiwán: empecemos por el principio.

Ahora que empieza la vuelta al cole por fin tengo tiempo para sentarme tranquila a escribir y a recordar las cinco semanas que he pasado en Taiwán. Os ruego que me perdonéis la ausencia. Entre las clases del curso, algunos encargos de traducción, las excursiones y las salidas nocturnas me quedaba poca energía para escribir en el blog. Lo cierto es que probablemente podría haber sacado tiempo, pero los días fueron pasando y al final dejé el blog abandonado. Lo siento porque anuncié a bombo y platillo que que me iba a Taiwán y os merecíais algún update de vez en cuando. 抱歉, ¡no os merezco! Otra de las razones por las que no me he sentado antes a escribir es por que me resulta difícil decidir por dónde empezar. Hay tanto de lo que quiero hablar... el curso, los caracteres tradicionales, las excursiones, la gente que he conocido, mi nivel de motivación actual con el chino... En fin, después de mucho pensar he decidido que lo importante es meterle mano al asunto y ya irán saliendo entradas, que al fin y al cabo este blog nunca ha sido una cosa muy planeada y siempre voy escribiendo e investigando sobre lo que me apetece. Además de disculparme quería daros las gracias por haber estado ahí este verano, por comentar en las fotos que subí a Facebook, por dejar comentarios en las entradas y por leerme. De verdad, me emociona mucho saber que hay gente que está ahí leyendo mis tonterías. 

Así que después de este rollazo melodramático que me he marcado... iré al grano y como no se me ocurre otra manera mejor de empezar... lo haré por el principio.


Taipei 101 desde Elephant Mountain. Fotografía de Stefanie Doolittle.


Recuerdo que llegué al aeropuerto por la tarde, no me podía quitar la sonrisa de la cara, por fin había llegado a Taiwán. Los primeros carteles en chino me saludaban por los pasillos del aeropuerto y las caras con rasgos asiáticos eran la mayoría. Después de esperar un poco a que llegaran mis maletas salí por la puerta y me encontré a Esther y Franzi, que estaban esperándome. Ellas fueron dos de las TA (asistentes de estudiantes) con las que más relación tuve luego. Nada más llegar me acogieron con los brazos abiertos y caras sonrientes, a pesar de que habían pasado el día entero en el aeropuerto recogiendo a estudiantes. Cuando Esther se enteró de que era española empezó a dar saltos de alegría (literal), había estudiado español un par de años y ahora estaba muy contenta de poder practicar conmigo, también me dijo que a partir de ahora podía llamarla Estrella, su nombre español. 

Estrella, Antonio, Franzi y yo.
Yo ya estaba deseando que me llevaran a la National Taiwan University (NTU) para ver la que iba a ser mi casa durante las cinco semanas próximas, pero todavía teníamos que esperar a que llegaran un par de personas más. Mientras tanto, fuimos a sacar dinero y a buscar una tarjeta SIM para el móvil. Me llamó la atención que se pudieran comprar planes por meses e incluso semanas, al final elegimos 中華電信, una de las más famosas y con mejor cobertura. El plan que compramos tenía incluido Internet ilimitado (¡guau!) y nosecuantísimos minutos, todo por 20 euros aproximadamente. En esto que llega un estudiante más. Nada más verlo llegar pensé, uy uy uy, este parece español. EN EFECTO. Español que te crió, mi sueño de ser la única española del curso se iba al garete. Nos pusimos a charlar y al momento nos dimos cuenta de que había mucha similitudes entre nosotros. Antonio no solo era español, era andaluz, y no solo era andaluz, era de Antequera ¡el pueblo de mi madre! Además, al igual que yo había estudiando en Granada. La cosa se puso graciosa cuando me dijo había estado en Shanghái (como yo), pero el remate fue enterarnos que había estado durante el mismo año allí y en la misma universidad (Tongji University). ¡Qué pequeño es el mundillo del chino! De mi mosqueo por no ser la única española poco quedaba ya, además Antonio parecía majo y tampoco me venía mal tener alguien con quien hablar español de vez en cuando. Tuvimos que esperar un buen rato más a que apareciera el tercer estudiante, esta vez resultó ser una chica, adivina de dónde, ¡ESPAÑOLA! En fin, yo ya me di por resignada y me alegré porque la nueva española, Irene, también parecía simpatiquísima (que por cierto también es traductora como yo y tenemos contactos en común, wtf!). 

Una vez que estuvimos todos reunidos nos fuimos en búsqueda del autobús que nos iba a llevar a la NTU y después de tirarnos un buen rato tirando de los maletones de un lado para el otro lo encontramos y nos fuimos rumbo Taipéi. El trayecto desde Taoyuan International Airport hasta Taipéi fue de unos 45 minutos. Llegamos a la capital taiwanesa por una autovía elevada de igual aspecto a las de Shanghái, había anochecido y en ese momento el cansancio y el jet lag me pudieron. ¡Había vuelto! Fue uno de los momentos más emotivos que viví en Taiwán. Era de noche, los neones multicolores con caracteres chinos brillaban por doquier, había un ambiente que solo se encuentra allí de carteles encendidos, coches, motos y bicis por todos lados, gente andando, charlando, pequeños puestos ambulantes de comida, tiendecitas de ropa... ¡Cuánto lo había echado de menos! Tuve que contenerme para que no se me escaparan algunas lagrimillas de emoción.

El colchón es lo que se ve.
Llegamos a la universidad y cuando me enseñaron mi cuarto me quedé con la boca abierta; las habitaciones además de ser individuales, lo que no me esperaba para nada ya que en China siempre me habían asignado compañera de cuarto en la universidad, eran eran enormes. Tenían baño incluido y 10000 dólares taiwaneses (1 € = 40 NTW aprox.) gratis de electricidad para todo la estancia. Lo único que me dejó un poco en shock fue la cama, un futón del grosor de cuatro dedos. Me tuve que acostumbrar a sentarme con cuidado porque al principio me tiraba a la cama con todo el peso de mi cuerpo y veía las estrellas con el impacto. Después de unos días nos dimos cuenta de que la gente cuando se iba de la residencia dejaban en el descansillo del ascensor las cosas que no querían para que a otros las cogieran. Así que después de ver varios días un futón sin padre ni madre ahí tirado, no pude superar la tentación y me lo llevé a mi cuarto. Lo puse debajo del futón original y dormí como una reina durante las cinco semanas restantes.

Al día siguiente tocaba «excursión» por el campus y comida con toda la gente del curso.

La biblioteca principal de la NTU. Fotografía de Steven Yang.



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